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Alicante CF, Decano de la ciudad

Llega el derbi: la otra historia.

Esta semana llega el derbi de la ciudad de Alicante. El duelo fraticida que, aunque algunos pretendan minusvalorar, todos esperan con emoción. Un partido de gran rivalidad histórica que, en cuanto a encuentros oficiales, tuvo un gran freno desde la 1959/60 hasta la 2001/02, pero nunca ha dejado a nadie indiferente.

 

Desgraciadamente se vive una época en el que la manipulación histórica ha tenido su máximo apogeo. El siglo XXI se ha caracterizado por el linchamiento sistemático al Alicante, el Decano de la ciudad, y no ha habido rubor alguno a la hora de utilizar torticeramente la historia, mintiendo sobre ella con el único objetivo de dejar al Alicante en mal lugar. Por suerte, esa labor no ha calado.

 

Una de las grandes colecciones de trolas gira en torno al estadio José Rico Pérez. Creo necesario hacer una recopilación de datos y de verdades para comprobar hasta qué punto se puede convertir la leyenda en realidad.

 

¿Cuántas veces, usted alicantinista, no habrá escuchado eso de “el Rico Pérez Herculano”? ¿Acaso no ha soportado ese “el estadio construido por y para los herculanos”? Los fanáticos se suelen creer sus propias mentiras y pienso que nos encontramos en ese caso. Todas esos lemas fueron lanzados desde que el Ayuntamiento de Alicante decidió que el club Decano, el Alicante CF, jugaría los partidos de Segunda B en el entonces municipal Rico Pérez al no estimar oportuno invertir dinero en reformar el campo municipal Alicante CF, situado en la carretera de Villafranqueza. La petición del Alicante fue clara: inversión en la instalación del norte de la ciudad con proyecto ya confeccionado y un coste aproximado de un millón de euros. Luis Díaz Alperi, en verano de 2001, optó por la solución de que Hércules y Alicante compartieran la instalación municipal del Monte Tossal.

 

La situación se quiso disfrazar como un intento alicantinista por emular al Hércules, o suplantarse o sabe Dios cuántas burradas al respecto. Lo que está claro es que se cree el ladrón que todos son de su condición. Ya es conocido que el Hércules, tal y como se conoce actualmente, poco tiene que ver con el que se refundara a finales del año 1921 o principios del 22, puesto que entonces vestía de rojiblanco y tenía un escudo totalmente diferente al de la actualidad, además de carecer de campo. En 1928, tras la caída del Natación, primer equipo de la ciudad por los éxitos deportivos cosechados, el entonces Hércules rojiblanco renunció a sus colores y adoptó los del Natación, así como su escudo, su campo (La Florida), su directiva (mecenas Bardín incluido) y sus futbolistas. También lo pretendió con la afición. Eso sí es suplantar.

 

Volviendo al tema de este mensaje, el estadio Rico Pérez no pudo tener un origen tan diferente a lo que se cree. El Hércules carecía de estadio propio. Jugaba en La Viña y en 1956 forzó a su propietario a vendérselo a la CASE (Caja de Ahorros del Sureste de España) y así poder recuperar el dinero invertido por el club en las reformas de 1954, a lo que hay que descontar las ayudas públicas tras el ascenso(“Crónica de Alicante”, Enrique Cutillas: cien mil pesetas para los juveniles, cien mil pesetas para las reformas del estadio, doscientas mil pesetas por cada temporada en Primera. Fueron dos). De la venta, un millón para el Hércules, dos para Casimiro de la Viña, el propietario. El pacto alcanzado consistía en que el club, en nueve plazos con quince años de caducidad, pagaría esos tres millones más los incrementos. (“Fuerza de Primera”- diario Marca; “La Viña para el Hércules”- La Gatera, Enrique Cerdán Tato).

 

Esta negociación propició que con el cierre de Bardín en 1961, donde acabó jugando el Alicante a instancias del Hércules (1954, “El Hércules CF y el fútbol en Alicante”, Vicente Ramos), el Decano tuvo que someterse al vasallaje herculano para no desaparecer por falta de estadio y así jugar en La Viña como filial (revista oficial del Alicante 2005/06). Capítulo aparte merecerá ese trasiego de estadios.

 

El Hércules, con la CASE amenazando (“El Hércules CF y el fútbol en Alicante”, Vicente Ramos) invierte menos de medio millón de pesetas como señal de adquisición de unos terrenos en la ladera del Monte Tossal. El dinero procedía de una renuncia herculana a jugar en Alicante un desempate de Copa frente a Las Palmas. A cambio de jugarlo en las islas, los canarios ofrecían un millón de pesetas. Pero ante su incapacidad para adquirir La Viña (sólo pagó uno de los nueve plazos en diez años), los terrenos del monte y la construcción de un hipotético estadio, el Hércules pasó la patata caliente al Ayuntamiento. Mediante una carta, el presidente Ferrer Strenge expuso la situación al  Alcalde y suplica que sea el Ayuntamiento el que se haga cargo de la adquisición de La Viña, insta a su recalificación y, con ese dinero, propone la construcción de un estadio municipal con 50 años de alquiler simbólico para el Hércules, amén de una compensación económica por la operación. La carta se redactó el 2 de noviembre de 1967.

 

El 30 de noviembre de 1967, el Ayuntamiento debatió el proyecto (“Crónica de Alicante”, Vicente Cutillas) y estudió la reordenación del barrio de La Florida, estimando adecuado el proyecto. Desde ese momento, La Viña ya se consideraba municipal, aunque la propiedad seguía siendo “cajista”. El Ayuntamiento se haría cargo de todos los pasos para la construcción del estadio.

 

El 10 de abril de 1969 el Ayuntamiento volvía a analizar el acuerdo suscrito con el Hércules el 30 de noviembre del 67. Tras las deliberaciones, el Ayuntamiento presidido por José Abad refrendó el acuerdo y “con urgencia” se ponía manos a la obra para que el proyecto fuera realidad. Eso sí, el Consistorio obligó a una serie de condiciones respecto al nuevo estadio, que son clave para entender el devenir del Alicante (“Crónica de Alicante”, Vicente Cutillas; “Un estadio municipal”, La Gatera, Enrique Cerdán Tato):

 

-         Arrendamiento del nuevo campo municipal al Hércules, por cincuenta años y por una simbólica cantidad de dinero.

-         Prohibición de subarriendo del estadio por parte del Hércules.

-         Reserva por parte del Ayuntamiento de cuatro fechas libres para la utilización del estadio.

-         Permiso para que cualquier equipo de la ciudad militante en categoría nacional disputara sus encuentros en el nuevo estadio.

 

La última condición es la piedra angular. Es la demostración de lo que realmente iba a suponer el nuevo estadio municipal para la ciudad: la casa de todos los equipos, sin exclusión. Se terminaban así los problemas de estadio para el Alicante y dado que La Viña era parte del plan municipal, el Alicante no tenía obligación alguna de seguir sirviendo al Hércules. Podía volar y lo más interesante: en unos años tendría estadio nuevo, municipal y compartido con el Hércules.

 

Ésta es la cruda realidad, para algunos. En 1969, el magnánimo estadio José Rico Pérez era un proyecto municipal y compartido. Lo que sucedió después fue una constante lucha por tirar abajo el proyecto, una vez que el Alicante había desatado sus cadenas. Presiones por aquí, negociaciones por allá, el Ayuntamiento, ya sin José Abad a la cabeza, realiza un pleno presidido por Malluguiza el 12 de julio de 1971. En él se permite al Hércules terminar de pagar los terrenos del Monte Tossal para su propia adquisición. Unas propiedades que, de no ser por el garante Ayuntamiento, a buen seguro habrían sido vendidas por su dueña, Doña Rafaela Louise Llaudes. Y para rizar el rizo de la manipulación, ahí va otra perla: el Ayuntamiento solicitó que, en compensación, el Hércules adquiriera menos terreno para la construcción del estadio. De los 37.500 metros cuadrados reservados para el que iba a ser campo municipal, el Ayuntamiento quería utilizar parte de ellos y una parcela colindante para hacer el Pabellón Central, actualmente Pitiu Rochel. (“El Hércules ataca de nuevo” La Gatera, Enrique Cerdán Tato) Y así fue, con lo que el Hércules desembolsó menos dinero por 26.272 metros cuadrados (a pesar de que transcurrieron cinco años entre la señal y la compra final) y de ahí las dificultades a la hora de la amplación del campo. El Ayuntamiento, por su parte, adqurió 26.025 metros para instalaciones deportivas, entre ellas, el Pabellón Central. Algunos todavía sostienen que el Hércules regaló terrenos al Ayuntamiento.

 

Era la punta del iceberg pero desde 1971, el Alicante vio oscurecido su futuro. Los tintes pardos empezaron cuando tuvo que abonar un alquiler al Hércules en concepto de alquiler por La Viña, todavía tutelada por el Ayuntamiento y con propiedad cajista. Faltaba el dinero para construir el nuevo estadio, lógicamente, de propiedad herculana y no municipal. El alquiler al Alicante no era suficiente, claro está. Así que la maquinaria se puso en marcha y, lo que iba a ser una recalificación y una reordenación “floridana” a favor de la ciudad, se convirtió en el pelotazo a favor del Hércules. Con la intervención municipal, la CASE vendió La Viña al Hércules el 25 de mayo de 1973. Con posterioridad, los terrenos fueron recalificados y fruto de dicho cambio en el uso del terreno, aquel más del 50% urbanizable fue revendido por el Hércules a un precio aproximado de 40 millones de pesetas (“Fuerza de Primera”- diario Marca). El nuevo estadio costó 29 millones de pesetas.

 

El 3 de agosto de 1974 se inauguró un estadio del Hércules que iba a ser el de toda la ciudad. Mientras tanto, el Alicante quedaba abocado a jugar en la Ciudad Deportiva, de tierra, en malas condiciones y debiendo abonar alquiler (“Alicante CF, un equipo con historia”. Francisco Aldeguer). En cincuenta metros, dos clubes y dos situaciones forzadas para que pronto sólo hubiese un equipo. Una injusticia apenas separada por una calle, la llamada Foguerer Romeu Zarandieta.

 

Atrás quedaba el mecenas Bardín, cuyo campo no dudó en abrir tanto al Hércules, como al Alicante e incluso al Elche CF. La ciudad quedó sin La Viña, aquel terreno de juego en el que se forjaron equipos como el Natación o el propio Alicante y, por qué no, el Hércules. Un recinto abierto al fútbol alicantino. La continuación clara habría sido el Rico Pérez, probablemente llamado “San Fernando” y a buen seguro mundialista. Pero el oportunismo y las ganas de acabar con los reductos futbolísticos de la ciudad propiciaron esta burda situación, manipulada hasta extremos insospechados.

 

El 17 de junio de 1994 tuvo lugar la venta del estadio al Ayuntamiento de Alicante. Una racha herculana de cinco años en Segunda B, aderezada por temporadas manirrotas en la cresta de la ola, bastó para que las maniobras de los años setenta para hacer exclusivamente herculano (y gratis) el campo de todos los alicantinos, apenas sirviesen para diecinueve años. El motivo no era otro que la reducción de deuda pública por parte herculana para así abaratar el capital social a cubrir en la obligada conversión en SAD. Los alicantinos tuvieron que desembolsar casi novecientos millones de pesetas más intereses, treinta veces lo que costó el estadio dos decenios antes. Y, por arte de birle y birloque, el estadio es actualmente propiedad de Aligestión Integral SL, sociedad que aglutina más del 90% de las acciones del Hércules y que además ahora tiene la propiedad del campo.

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